
Nos encanta creer que el mal debe azotar a otros, pero jamás a nosotros. Conocemos o intuimos su capacidad liberadora, su dimensión estimulante, sus efectos positivos, su carácter de inevitabilidad en toda existencia humana, y sin embargo, cuando nos ataca, lo rehuimos. Nos es extraño e incómodo.
Si la historia nos ha brindado grandes personajes, no es porque ellos resultaran de un repentino y olvidado don divino a los que el Diablo no tentara y acosara, sino porque pusieron sus alegrías y su libertad entera al servicio de bienes mayores, de tal forma que ese destino -aparentemente poco magnánimo, como apunta Zweig- nunca les aplacó del todo.
Cada vez estoy más convencido de que no eran especiales; lo especial fue quizá su autodeterminación en el obrar.

