
Es la nota definitoria de todo filósofo, al menos téoricamente. Ahora bien, mantener ese afán día a día no resulta tan sencillo. Inclinar la cabeza ante la verdad, supeditarse a ella, no cejar en el empeño por descubrir la autenticidad de la realidad... Son actitudes que exigen coherencia y rectitud de intención. Y mucha humildad: humildad para aceptar ese temor del que habla el Aquinate. Eso sí, temor, que no miedo.
