
Dicen que el amor y el odio atraviesan el mundo. O al menos la historia humana. Y parece ser así. Toda existencia de una persona se basa en esperanzas, en frustraciones, en consuelos, en alegrías y desesperaciones. Lo demás no importa. Incluso lo material -pobreza o riqueza, da igual- carece de sentido al margen de un espíritu que lo domine o que caiga subyugado frente a él.
Y Edward Furlong, a través de su memorable personaje, el del rebelde y reflexivo Danny, afirma esto con extraordinaria fuerza. Es quizá la conclusión de la que está más convencido después de sus intensas experiencias. Ojalá escarmentáramos en cabeza ajena por una vez.
