
Aunque a Tamaro le sobran unas formas que cabría calificar de feministas, lo cierto es que el impulso que la mueve a ellas es loable y merecedor de mucho respeto. Nos ataca por el lado que más duele, porque es el más verdadero: gustamos de aparentar invulnerabilidad.
Lo he dicho aquí ya en alguna otra ocasión, pero no desfallezco en el intento por hacerme oír: el supuesto despotismo varonil -preséntese como se presente- no es más que una triste fachada, y su remedio -la humildad-, la solución más sencilla. La definitiva.
De ese modo no seremos pescaditos fritos, sino deliciosa langosta.
