
Amigas y mágicas suenan estas palabras, al menos para el lector avezado, para el literato acostumbrado a devorar páginas y páginas con la impresión honda y placentera de que dicho avance sólo produce renovados anhelos de lectura.
Leer, amar y vivir. Probablemente los tres verbos que más intrincadas cuestiones envuelven, y por consiguiente que más fascinantes misterios esconden para quien desee la felicidad en sentido estricto. Los tres la dan a su modo. ¿Que si se compenetran? Sí, ¿por qué no?
