domingo, 23 de agosto de 2009

La juventud

"No es sincero el relato sobre la historia de un muchacho, entre adolescente y adulto, si no describe la nostalgia que siente por la sana moral de los niños, el arrepentimiento, el propósito de enmienda, y esas horas negras que, como el cero en la ruleta, aparecen con una prevista regularidad" (Evelyn Waugh en Retorno a Brideshead).

De la juventud se han dicho muchas tonterías y muchas verdades. Cada quién tendrá su opinión. Pero pocas veces se la pone en estrecha relación con la niñez. Es como si una referencia a ella significara el relego al olvido de todo lo que la precede.
Waugh entiende de lo que escribe, y se atreve a formular una teoría que simpatizaría incluso con alguna tesis freudiana. Y sí, lo cierto es que durante la etapa de la ebullición y de las utopías no está tan lejana la melancolía. Curioso momento el de la juventud: ensoñación y añoranza.

jueves, 20 de agosto de 2009

Sobre el don Juan

"Yo no creo que el don Juan ateniense pudiera llegar al crimen tan fácilmente como el don Juan de las monarquías modernas; gran parte del placer de éste consiste en desafiar a la opinión, y, en su juventud, empezó por imaginarse que sólo desafiaba la hipocresía" (Stendhal en Relatos).
Algunos donjuanes se lo creen, y desde ese preciso momento dejan de serlo. Pierden su bondad y se enorgullecen de su alevosía. El auténtico don Juan, el originario, no se aprovecha de su pericia, sino que la pone al servicio de otros. Triunfa con las mujeres, sí, pero tal victoria a fin de cuentas redunda en beneficio de ellas, no de él.
Cuando el don Juan moderno, como refiere Stendhal, pasa a desafiar al vulgo, a erigirse en juez y criterio inapelable de sus acciones supuestamente dominadoras sobre el sexo débil, entonces se hunde y cava su propia tumba: la fosa de su triste ego.
En el amor vence el humilde.

sábado, 8 de agosto de 2009

El triunfo de los grandes

"El destino jamás se muestra demasiado magnánimo con sus favoritos. Rara vez les es dado a los mortales coronar más de una hazaña inmortal" (Stephan Zweig en Momentos estelares de la humanidad).


Nos encanta creer que el mal debe azotar a otros, pero jamás a nosotros. Conocemos o intuimos su capacidad liberadora, su dimensión estimulante, sus efectos positivos, su carácter de inevitabilidad en toda existencia humana, y sin embargo, cuando nos ataca, lo rehuimos. Nos es extraño e incómodo.
Si la historia nos ha brindado grandes personajes, no es porque ellos resultaran de un repentino y olvidado don divino a los que el Diablo no tentara y acosara, sino porque pusieron sus alegrías y su libertad entera al servicio de bienes mayores, de tal forma que ese destino -aparentemente poco magnánimo, como apunta Zweig- nunca les aplacó del todo.
Cada vez estoy más convencido de que no eran especiales; lo especial fue quizá su autodeterminación en el obrar.

martes, 4 de agosto de 2009

Orgullo y lágrimas

"No os diré: no lloréis, porque no toda lágrima es amarga" (Gandalf en El señor de los anillos: El retorno del rey).


Los labios de Ian McKellen pronuncian esta sentencia con admirable intesidad, y penetra como una flecha en el corazón del espectador. No suena categórica, pero lo es. Quizá por el momento dramático en que surge. O quizá por la sabiduría que emana de tan pocas palabras.
El miedo a llorar es signo de la vergüenza que sentimos a mostrar nuestra debilidad. Pero olvidamos que dejar ésta al descubierto, cuando hace falta o es comprensible que ocurra, nos convierte en más grandes aún. Y son la prueba fidedigna de que nos importa ante todo el motivo del lamento.