"Yo no creo que el don Juan ateniense pudiera llegar al crimen tan fácilmente como el don Juan de las monarquías modernas; gran parte del placer de éste consiste en desafiar a la opinión, y, en su juventud, empezó por imaginarse que sólo desafiaba la hipocresía" (
Stendhal en
Relatos).

Algunos donjuanes se lo creen, y desde ese preciso momento dejan de serlo. Pierden su bondad y se enorgullecen de su alevosía. El auténtico don Juan, el originario, no se aprovecha de su pericia, sino que la pone al servicio de otros. Triunfa con las mujeres, sí, pero tal victoria a fin de cuentas redunda en beneficio de ellas, no de él.
Cuando el don Juan moderno, como refiere
Stendhal, pasa a desafiar al vulgo, a erigirse en juez y criterio inapelable de sus acciones supuestamente dominadoras sobre el sexo débil, entonces se hunde y cava su propia tumba: la fosa de su triste ego.
En el amor vence el humilde.