
Es bastante cierta la afirmación de que en tiempos de guerra, de devastadora adversidad, florecen las mentes más encumbradas de un siglo y proliferan las producciones artísticas de mayor valor. El mal y las contrariedades nunca son, en ese sentido, absolutos, porque nos invitan a la iniciativa y a dar lo mejor de nosotros mismos.
No obstante, la tiranía en grado superlativo puede conducir a la alienación de los ciudadanos, a un delirio incurable. ¿Japón, un caso? Quién sabe, eso asevera Nothomb, y está en su perfecto y comprensible derecho de creerlo.
