
Tendemos a pensar que ser libre es aspirar a lo que no tenemos, y que somos más libres cuanto más magnánima se declara tal ambición. La vida, en cambio, nos demuestra que los días se componen de minutos breves, inasibles y reiterativos, de hábitos y costumbres. Rousseau, de un plumazo, resuelve este misterio y nos garantiza el auténtico modo de alcanzar la libertad: encarrilando ese querer, ajustando ese deseo volitivo al poder (no al deber, Kant). En lo nimio y cotidiano reside lo más grande.
