Jamás fueron buenos los extremos, y nunca fueron recomendables los reduccionismos. Leibniz enfatiza esto en medio de una interesante y enrevesada disertación acerca de la demostración a priori de la existencia de Dios.
A fin de cuentas, limitarse a un único pensador es innecesario e incómodo. Ni hace falta ni resulta agradable. Por el contrario, la apertura de mente, el deseo voraz de conocer y escuchar, sólo puede reportar beneficios.
