
Las numerosas declaraciones que hace Cervantes en boca de este hidalgo son siempre, cuanto menos, reveladoras. Con mucha dificultad me he decidido a escoger una. Aquí habla de eso tan achacable a la esencia humana, tan específico de ella: la tristeza.
Hay quienes mueren bajo su yugo; hay quienes la apartan de sí como si de peste se tratara; hay quienes no la comprenden; hay quienes la dominan; hay quienes la celebran; y hay, en fin, muchos que se enorgullecen, a su manera, de sentirla, como si por estar tristes merecieran respeto y compasión. ¿Debería ser así? No lo sé.



